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Jorge Ospina Sardi

 

Con lo que ya se conoce, con la experiencia que ya se tiene y con los protocolos que ya se están aplicando, no hay razones de peso para que no se levanten rápido la mayor parte de las restricciones impuestas por los gobiernos en su combate contra el coronavirus.

 

Seis o siete semanas es la duración del paso de la primera ola de contagio de esta y otras pandemias por un territorio. Esta primera ola es usualmente la mas grave en términos de mortalidad y exigencias sobre los sistemas públicos de salud.

 

 

La verdadera tasa de mortalidad del COVID-19

 

Hay que tener presente que el 80% de los contagiados con el coronavirus son asintomáticos (es decir, que ni siquiera se dan cuenta que tienen el contagio o que están enfermos). A estos asintomáticos habría que agregarles los afectados con manifestaciones sintomáticas leves que por una razón u otra no se testean y que escapan a cualquier intento de contabilización.

 

Una simple regla de tres: Al 28 de marzo de 2020 había en el planeta 658.000 casos identificados de contagio. Estos representarían el 20% de todos los contagiados. Así las cosas, a esa fecha el total de contagiados sería aproximadamente 3.425.000. De esos a esa fecha habían muerto 30.500, o sea que la tasa de mortalidad estaría por los lados de 0,9% (sería menor si incluimos a los afectados con manifestaciones sintomáticas leves que no se testean y que dejamos por fuera de la ecuación).

 

Se trata entonces de una tasa de mortalidad bastante baja que no justifica el inmenso costo social y económico de prolongar medidas draconianas de control, las que, dicho sea de paso, tienden a agravar otras enfermedades que nada que ver con el coronavirus, por las angustias, ansiedades y dislocaciones que generan en las vidas diarias de las personas. 

 

 

Las mortalidades superiores de Italia y España

 

De las experiencias que se conocen como en el caso de Italia y España (sobre China no hay información confiable porque allá todo es manipulación propagandística por parte de su gobierno), ya se puede concluir que las mortalidades superiores a la de otros países se originaron principalmente en la mala administración que sus sistemas públicos de salud hicieron del desafío que les cayó encima.

 

No lo supieron enfrentar como correspondía en parte porque desconocían la naturaleza del virus y el daño que ocasiona, en parte porque no tenían los equipos necesarios para atender la emergencia (equipos para el testeo, respiradores, ventiladores, y otros implementos), en parte porque los trabajadores de la salud no supieron evitar su propio contagio, y también porque inicialmente no hicieron las debidas separaciones en los centros de atención médica y hospitalaria entre los casos graves y los menos graves, ni entre los hospitalizados contagiados y los hospitalizados por otras enfermedades.

 

Esta combinación de elementos, además de una tardía aplicación de medidas de comportamiento social que limitaran las posibilidades de propagación del virus, desembocaron en la tragedia que se ha dado en estos países y en otros como Irán.  

 

 

Razones de los mejores resultados en otros países

 

Afortunadamente en la mayoría de países de América Latina, en América del Norte, en otros países de Europa, y en países asiáticos como Japón, Taiwan y Corea del Sur, no se ha producido un colapso en sus sistemas públicos de salud y las razones son simples:

 

1) Los sistemas públicos de salud de estos países se han preparado mejor: ya se conoce la naturaleza del coronavirus, ya se sabe cuál es la población mas vulnerable, y ya se ha adecuado (o se está en proceso de hacerlo) la necesaria infraestructura de atención médica y hospitalaria.

 

2) No se ha hospitalizado a la gran mayoría de los contagiados porque ya se sabe que se pueden recuperar sin problema en sus lugares de vivienda. Solo se ha hospitalizado a aquellos cuya vida está en peligro y que no son mas del 5% de los testeados que resultan positivos.

 

3) Se ha aislado a los grupos de la población mas vulnerables para evitar que se contagien y se han adoptado medidas de comportamiento social que limitan el número de afectados durante la primera ola de su propagación. 

 

De manera que así se ha evitado el colapso en hospitales y centros de atención médica, lo que es fundamental para que la crisis no se desborde. 

 

Por otro lado, también se sabe que este tipo de virus pierde fortaleza a medida que se propaga y que su control no seria tan problemático si llegare a reaparecer en algún lugar del planeta antes de que se tengan disponibles las respectivas vacunas (en lo que hay grandes avances en Estados Unidos, algunos países europeos e Israel). 

 

 

Levantamiento de los bloqueos sociales y económicos

 

Surge la pregunta de cuándo eliminar las restricciones a la movilidad de personas y sobre la actividad económica en general que muchos países han decretado, algunos en forma relativamente extrema y otros no tanto. 

 

Dada la baja tasa de mortalidad de esta pandemia (similar a la de una gripe fuerte solo que en este caso muy contagiosa), y si se tiene en cuenta que los sistemas de salud ya están preparados para combatirla, que ya se ha implementado un apropiado protocolo de manejo de los contagiados, y que las poblaciones ya conocen y han internalizado comportamientos precautelativos en materia de higiene y distanciamiento social, la respuesta es que el levantamiento de las restricciones puede empezar en cuestión de dos o tres semanas cuando se haya superado el pico de la contaminación. 

 

Esta es una decisión que no se debe basar en consideraciones emocionales sin sustento estadístico o que se fundamentan en enfoques parciales y limitados que desconocen el contexto global. Es una decisión en la que pesa sobremanera el tremendo costo de mantener estas restricciones sobre la salud mental de las personas, y sobre las finanzas de hogares, empresas y gobiernos. 

 

En últimas, se trata de una decisión para proteger el intrincado tejido del relacionamiento social y económico sin el cual sencillamente no es viable la vida en comunidad.