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Jorge Ospina Sardi

 

La institucionalidad democrática y republicana nunca será perfecta porque no es diseñada ni administrada por ángeles sino por seres de carne y hueso. Lo peor que le podría pasar a un país como Colombia es la instauración de una dictadura que la destruya.

 

No hay dictadura sin un dictador, valga la redundancia. Los dictadores por lo general sufren del trastorno narcisista de la personalidad (TNP). Son personas que tienen “una necesidad inagotable de adulación y admiración”. Son varias las características propias del narciso como por ejemplo la sobre valoración de sí mismo, la falta de empatía o indiferencia con el sufrimiento ajeno, y la hipersensibilidad a las críticas de los demás. 

 

Los dictadores son narcisos perversos. Sus relaciones con los demás se basan en la apropiación de fuentes de poder para situarse en posiciones de abierta superioridad no solamente sobre las personas que los rodean sino también sobre el pueblo al que gobiernan. Acuden sin reparo alguno a toda clase de intimidaciones en la búsqueda de sus objetivos. 

 

El primer gran objetivo de un narciso perverso cuando alcanza posiciones de poder es subordinar y acomodar lo existente a sus apetitos de superioridad. Ello implica devaluar todo lo que se interpone en su camino. Se obsesionan con fantasías de realidades imposibles de alcanzar. 

 

No es inusual encontrar que el narcisismo perverso vaya acompañado de otro trastorno del comportamiento como lo es la mitomanía (un impulso incontenible a mentir para realzar la imagen y la aceptación de los demás). Lo interesante es que con el transcurso del tiempo los narcisos perversos y mitómanos tienden a considerar que sus mentiras son artículos de fe, especialmente si ellas han sido eficaces para el logro de sus propósitos en las relaciones de poder.

 

 

Para un dictador, la institucionalidad democrática y republicana, con sus periódicas votaciones y con su separación de poderes, constituye un obstáculo que debe ser removido. La centralización del poder en sus manos, la eliminación de opositores, el control a la libertad de prensa, la manipulación de resultados electorales, y una política económica en función de sus caprichos, serán siempre elementos centrales de su programa de gobierno.

 

Un dictador necesita que el mundo gire a su alrededor. Es cierto que muchos políticos pecan por su vanidad, pero la del dictador es una vanidad hambrienta con una marcada tendencia megalómana. Lo mas probable es que quien tenga alma de dictador sea en el peor de los casos un psicópata, o en el mejor de los casos un narciso perverso. En ambos casos se trata de un ser humano que sufre de un trastorno mental amenazante para el resto de la humanidad.

 

Sin embargo, el dictador siempre se presenta como el “salvador” del pueblo y lo peor es que muchos que no pertenecen a su círculo íntimo se dejan hechizar con ese cuento. No quieren ver mas allá de sus narices porque piensan con el deseo y sus inseguridades y reflejos psicológicos los hace seguidores de un personaje que les traerá mas perjuicios que beneficios. 

 

Al final de cuentas los gobiernos son un mal necesario y las limitaciones a sus poderes son indispensables para preservar las libertades básicas y para evitar toda clase de violaciones a los derechos humanos como resultado del mal uso del monopolio de la fuerza que poseen. 

 

Por mas que ‘doren la píldora’, los gobiernos son expoliadores de riquezas a través de impuestos, gastadores mas allá de los ingresos que reciben, y despilfarradores de unos recursos que supuestamente son de todos pero que a la hora de la verdad se administran como si no tuvieran dueño. De manera que siempre serán preferibles sistemas que garanticen rendiciones de cuentas, lo que es imposible en cualquier dictadura. 

 

 

Lo ideal sería hacerles a los aspirantes a dirigir el gobierno de un país un exhaustivo examen sicológico para identificar a los narcisos perversos. A quienes serían tóxicos si llegaran a ocupar esa posición. 

 

No hace sentido que un individuo tenga la capacidad de anteponer sus pretensiones narcisistas y sus personalismos extremos a las responsabilidades que se derivan de administrar una institucionalidad democrática y republicana.

 

Tampoco hace sentido que muchos se dejen seducir por los narcisos perversos. Habrá algunos interesados en obtener beneficios por su cercanía al narciso. Pero para la gran mayoría caer en manos de un narciso perverso significa caer en manos de un dictador con todas sus consecuencias. Una de ellas perder la potestad de cambiar de gobernante cuando así lo demande la voluntad popular.

 

La institucionalidad política de Colombia ha sido fruto de muchos esfuerzos individuales y colectivos. Solo se ha logrado construir a lo largo de los años. Su perfeccionamiento ha sido gradual. Darle las riendas del gobierno a un narciso perverso y mitómano constituiría una trágica y costosa ventolera, como lo atestiguan las experiencias de Cuba, Venezuela y Nicaragua.