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Jorge Ospina Sardi

 

La de Abelardo De La Espriella es la de un "outsider". La de Paloma Valencia es la del "establecimiento". De "labios hacia dentro" ese establecimiento resolvió irse con Paloma en la primera vuelta presidencial de Colombia.

 

Detrás de la campaña de Paloma están juntos –quién lo creyera– Álvaro Uribe Vélez y Juan Manuel Santos. Igualmente por supuesto el otro ex Presidente Iván Duque. Y hasta el pastranismo por conexión familiar. 

 

También, con contadas excepciones, apoya a Paloma la casta política tradicional representada por los partidos Liberal, Conservador, Cambio Radical y Partido de la U. Ni qué decir de los grandes grupos económicos. 

 

Hay que escuchar a Paloma: todos están bienvenidos a mi tolda, incluidos los de la izquierda radical. Todos bienvenidos, sin importar las diferencias desde el punto de vista ideológico y programático. 

 

 

El gran arquitecto de este mondongo, de esta mezcolanza de creencias y propuestas políticas, es ni mas ni menos que Álvaro Uribe. En esta coyuntura política, ante la amenaza de la izquierda radical y los regulares resultados de su partido el Centro Democrático hace cuatro años, y muy especialmente por la toma del espectro político de la Derecha por parte de Abelardo, optó por atraer y sumar a todos los Centros.

 

Su candidata Paloma pretende rodearse de todos los Centros. Ella no representa a la Derecha, así varios medios de comunicación la sitúen allí. Es simplemente una candidata de Centro, muy en concordancia con las posturas políticas de Álvaro Uribe. 

 

En Colombia, Uribe, sin ser propiamente de Derecha, ocupó el vacío de liderazgo que se presentó en ese espectro político. De hecho, sus escogencias de candidatos del Centro Democrático para la Presidencia de la República siempre fueron del Centro: Juan Manuel Santos, Oscar Iván Zuluaga, Iván Duque y en esta ocasión Paloma Valencia. 

 

 

Ahora bien, en la coyuntura política actual, despúes de casi cuatro años de gobierno de la izquierda radical, las políticas y programas que distinguen a la Derecha atraen a una parte significativa del electorado. 

 

En temas como el manejo de la seguridad y el orden público, la defensa del concepto tradicional de familia, las libertades económicas, la reducción de impuestos y costos administrativos del Estado, la eliminación de regulaciones, la explotación de los recursos naturales, la reconstrucción de los sistemas públicos de salud y educación, y la reactivación de la inversión y la iniciativa empresarial, los planteamientos de Abelardo se asemejan a los que promueve la Derecha en distintas latitudes del planeta.

 

Abelardo desde un comienzo se identificó sin titubeos con esas políticas y programas, mientras que Paloma, aunque se mostraba simpatizante con algunas de ellas, ha optado por diluirlas y "moderarlas" buscando respaldos y apoyos en toldas que nada que ver con la Derecha. En ese proceso se ha desfigurado en lo ideológico y programático, creando confusión entre el electorado. 

 

 

No se puede negar que la irrupción de Abelardo en la escena política tomó por sorpresa al "establecimiento". No solamente por la rapidez con la cual ocupó un lugar preferente en las encuestas sino por ser la primera vez en la historia de las últimas décadas que se lanza para la Presidencia un candidato que no ha estado involucrado directamente en la actividad política y/o que no ha ocupado un puesto público. Es decir, un "outsider" a carta cabal. 

 

Si a lo anterior se agrega que no cuenta con el patrocinio de grupos económicos, que está financiando su campaña con recursos propios y que ha rechazado el apoyo de intereses politequeros de todo tipo, ha logrado consolidar una imagen de independencia y autonomía que indudablemente es llamativa para muchos electores cansados de gobiernos derrochones, inoperantes y corruptos. 

 

Además es evidente que semejante logro político en tan corto tiempo ha dependido también de su carisma y el fervor que despierta entre sus seguidores, así como de las virtudes de una campaña vistosa y bien organizada. Abelardo no ha cometido costosos errores. Se ha defendido a capa y espada contra los innumerables ataques que ha recibido por parte de las roscas polítiqueras tradicionales y de medios de comunicación en los que aflora el activismo político. 

 

El solo hecho que ad portas de la primera vuelta presidencial se mantenga como una de las opciones con altas probabilidades para llegar a la Presidencia, no solamente es de un inmenso mérito personal sino que constituye un testimonio de que las tesis que expone han calado entre el electorado, lo que desvela no solamente a sus competidores de la contienda electoral sino especialmente a la intelectualidad izquierdista del país. 

 

 

Abelardo no esconde ni negocia los aspectos centrales de su programa de gobierno. Es saludable para esta democracia que un candidato exponga sus ideas con claridad, sin compromisos con intereses politiqueros y sin ataduras a grupos económicos. Así los electores saben a qué atenerse. 

 

La práctica tan usual en Colombia de desorientar al electorado exponiendo programas, pero sujetándolos a negociaciones con grupos y personajes que piensan diferente, es un engaño al pueblo. Con esa práctica, se pierde el foco en el contenido final de las propuestas y en los resultados que se buscan.

 

En los gobiernos negociar y concertar es con frecuencia la mejor excusa para la inacción, para no contrariar los intereses de unos determinados grupos, o para no combatir los desvaríos de otros grupos. Se requiere valentía y coraje para hacer lo que se debe hacer. 

 

En este sentido, el carácter de los candidatos si importa. Tiene razón Abelardo cuando sostiene que hay que poseer "cojones" para realizar las transformaciones drásticas en políticas públicas necesarias para enderezar el calamitoso rumbo que trae Colombia.