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Jorge Ospina Sardi

 

Quiere presentarse como el punto de encuentro de distintas corrientes. Un punto de encuentro repleto de propuestas medias tintas que no llegan al corazón de lo que actualmente se necesita hacer para enfrentar con éxito los principales problemas que aquejan a Colombia.

 

A Paloma le parecen de maravilla las visiones diferentes de quienes no hacen parte de su partido político. De la noche a la mañana, lo importante para su jefe Álvaro Uribe, para los congresistas de su partido el Centro Democrático y para ella como candidata es contemporizar con otros bandos, con miras a lograr su apoyo en la primera vuelta presidencial que tendrá lugar a finales de mayo. 

 

Por lo visto, las propuestas y puntos de vista de políticos pertenecientes a otros bandos son tan importantes como los suyos. ¿Cómo saber entonces qué es lo que realmente le propone Paloma al país? ¿Acaso de lo que se trata es de implementar el programa del Nuevo Liberalismo, o el de Juan Daniel Oviedo, o el de David Luna, o el de Enrique Peñalosa, o el de Vicky Dávila, o el de Juan Carlos Pinzón, o el de otros que eventualmente se arrimen en busca de puestos y contratos?

 

 

Por lo visto Paloma no tiene liderazgo propio como para exponer con autonomía y precisión lo que debe hacerse para forjar un mejor país. Liderar, implica no solo atraer con manifestaciones de tipo personal sino también –y muy importante en la actual coyuntura– con propuestas concretas y oportunas para rescatar a Colombia del mal momento por el cual atraviesa. 

 

En esto último lo que mas interesa no es lo que piensen o lo que crean los políticos que la apoyan y rodean, sino en donde está parada ella. Sin convicciones firmes su proyecto político se diluye en vaguedades y falta de focalización. 

 

Los apoyos politiqueros y las concesiones programáticas, fruto de negociaciones a espaldas del pueblo, van irremediablemente de la mano de contraprestaciones y ataduras indeseables a la hora de gobernar. 

 

Lo mas grave es que el electorado no sabe a qué atenerse con una candidata cuyo lema es "si me apoyas, me parece divino lo que pienses sobre distintos aspectos de la vida y sobre lo que debe hacerse con este país". 

 

Tal el criterio para aceptar y acoger ideas y conceptos contrapuestos. Eso es lo que se llama politiquería de la barata. Donde lo que importa son los compromisos electoreros y no el contenido real de lo programático y propositivo.

 

 

El contraste de Paloma con su contendor Abelardo De la Espriella no puede ser mayor. Quienes apoyan a Abelardo saben a qué atenerse en el caso de las políticas que implementará al llegar a la Presidencia. No hay lugar a equívocos.

 

Por ejemplo, su programa propone bajar impuestos y reducir el tamaño del Estado, eliminar engorrosos trámites públicos, mejorar contundentemente el clima de inversión, suprimir onerosos y inoficiosos contratos gubernamentales de prestación de servicios, convertir a Colombia en una gran potencia energética, y darle un vuelco a los sistemas de salud y educación pública con el aporte de la iniciativa privada.

 

Igualmente, terminar con la JEP y los fallidos procesos de paz, respaldar y empoderar a la fuerza pública en el cumplimiento de sus vitales funciones, rescatar los valores tradicionales relacionados con la familia y las creencias religiosas, y combatir como corresponde al narcotráfico y a la corrupción que carcome las entrañas de la administración pública.

 

 

La lista de lo que demanda y requiere Colombia de un nuevo gobierno es muy larga. Sin determinación y firmeza no se arribará a buen puerto. Con politiquería, componendas y ambigüedades está asegurado el naufragio a mitad de camino. 

 

No es, como lo pretende Paloma, improvisando con propuestas discordantes, pretendiendo juntar el agua con el aceite y creyéndose el cuento "que lo que no nos une no nos separa sino que nos une mas", que se logrará generar desde el gobierno las condiciones que permitan encaminar al país por el sendero de un espectacular progreso.