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El nombre no puede ser mejor: Proyecciones D.R.F.E. La sigla significa “dinero rápido, fácil y efectivo.” Y luego el lema: “D.R.F.E. hace realidad sus sueños.” Se trata de la última pirámide en estallar en Colombia. 61 oficinas a lo largo y ancho del país. La indignación popular se ha volcado contra los organizadores de estas pirámides. Pero la indignación no debe ser solamente contra los empresarios de pirámides. Debe serla también con los inversionistas. Ellos son cómplices del negocio.

Es claro que los primeros inversionistas, los que supuestamente ganan además de los dueños, saben muy bien que ellos ganarán siempre y cuando haya más inversionistas después de ellos. Pero la complicidad no para aquí. Esos primeros inversionistas son los principales promotores de la pirámide porque son los que anuncian a los cuatro vientos los altos rendimientos que están obteniendo.

Los siguientes inversionistas a los primeros probablemente también entran sabiendo en qué se meten. Asumen el riesgo. Confían en que la pirámide durará y que tendrán tiempo para recuperar el capital y obtener buenas utilidades. Pero para que la pirámide dure y haya utilidades para el segundo grupo de inversionistas se necesita que siga creciendo. Entonces este grupo, que es más grande que el primero, se convierte en el gran promotor del negocio.

Y así sucesivamente hasta que alguien o algo detenga el crecimiento de la pirámide. Cualquier noticia que mine la confianza en la pirámide ocasiona corridas, que muchas veces resultan definitivas. Pero el punto es que todos en una pirámide son cómplices. Todos saben en qué consiste el negocio. Todos buscan ganar a costa de los inversionistas nuevos. Todos promocionan la pirámide. Todos saben que “de eso tan bueno no dan tanto.” Pero todos están ilusionados con hacer el negocio de su vida. Y asumen el riesgo…

A la hora de la verdad, las pirámides no tienen dueño. Los dueños son todos los que ahí invierten. Desde los que más ganan hasta los que más pierden. Y si eso es así, y así es, todos se merecen su suerte, los unos por vivos y los otros por huevones. Los dueños de las pirámides se ufanan que ellos, a diferencia de los bancos, si prestan un buen servicio. Argumentan que sus pirámides son del pueblo y que los altos rendimientos son resultados de una generosidad que no tienen los banqueros tradicionales. Que se deben al pueblo. De pronto hasta algo de razón tienen. Si se aceptan sus argumentos la conclusión obvia es que entonces las pirámides constituyen un mecanismo social a través del cual una parte del pueblo le roba a la otra parte. Y que por ser del pueblo, la parte que roba no roba y la parte que pierde lo hace de todo corazón.