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Abundan los comentaristas que expresan toda clase de temores ante la perspectiva de que Donald Trump le aseste un golpe definitivo al orden que surgió de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial.
 
El discurso de Trump en su posesión mandó el mensaje que 1) va en serio con sus promesas de campaña, y 2) que de ahora en adelante la política exterior de Estados Unidos estará dirigida a proteger sus intereses y nada mas que sus intereses (‘America first’ por encima de cualquier otra consideración).

Trump ha cuestionado a la OTAN, no cree en las instituciones multilaterales, ha sido crítico de la Unión Europea y elogioso del Brexit, ha propuesto replantear la relación con Rusia, ha criticado a China, y en general se ha mostrado escéptico en relación con el globalismo de las últimas décadas.

Es interesante lo de ‘America first’ porque al final de cuentas sugiere que los gobiernos anteriores no tenían este propósito en mente. Trump le achaca al proceso de globalización de las últimas décadas la desindustrialización de Estados Unidos, el despilfarro de ingentes cantidades de recursos en guerras en el Medio Oriente con resultados desastrosos, y la defensa de fronteras de países aliados sin que esos países asuman el costo, mientras que las fronteras propias han estado totalmente desguarnecidas.

No van mas las preocupaciones por el bienestar del planeta a menos que estén muy directamente relacionadas con el bienestar de la población de Estados Unidos. Entonces temas relativamente lejanos a las preocupación del momento como el cambio climático, donde además no hay consenso científico sobre la magnitud del daño ocasionado por la actividad humana, y donde Estados Unidos contribuye significativamente con la financiación, serán relegados a un segundo plano en las prioridades del nuevo gobierno.

Trump ha insinuado que en su gobierno Estados Unidos no se involucrará en la solución de problemas que no son los suyos. Esto ha sido interpretado como un repliegue de su liderazgo global. En realidad a lo que apunta todo esto es a un liderazgo mas selectivo y solamente cuando los intereses de Estados Unidos estén claramente en juego. Su empeño en fortalecer las capacidades militares del país, si exitoso, realzará su influencia y prestigio a nivel planetario, así sea por defecto.

Lo mismo sucederá si sus políticas de reducción de impuestos y eliminación de regulaciones son implementadas. Existe la idea de que estas políticas, conjuntamente con la reconstrucción de la infraestructura física, harán de Estados Unidos un magneto que atraerá capitales e inversionistas de todas partes del planeta, y muy especialmente los considerables capitales propios que se han fugado buscando entornos mas amigables.  

Aunque la prensa le ha puesto mucha atención a la propuesta de un arancel de 35% a empresas que trasladan sus plantas de producción de Estados Unidos a otros países para luego reexportar sus productos, tanto Trump como su equipo económico reconocen que sin las políticas dirigidas a convertir su país en uno muy amigable para la inversión, en uno muy competitivo en temas tributarios y regulatorios, no se logrará el objetivo de la reindustrialización y de una mejora en la calidad del empleo.

Si el gobierno de Trump logra revitalizar la economía, Estados Unidos volverá a ser el motor del crecimiento económico mundial, tal como lo fuera durante 2003-2006. En ese entonces la economía mundial creció a las mayores tasas de los últimos tiempos. Con una economía interna dinámica, las presiones para adoptar medidas de carácter estrictamente proteccionista cederán considerablemente.

Pero lo mas fascinante de toda esta historia es lo que harán otros países por no quedarse atrás en la atracción de capitales e inversionistas. Podría iniciarse un círculo virtuoso de desenredo de la madeja en que se ha convertido la economía global, donde proliferan los altos impuestos, los controles inoficiosos, y unas asfixiantes regulaciones. Sería el desmonte del globalismo socialista actual, con su pretendida unificación de conductas y reglas de juego, para cederle paso a una esquema mas flexible y libre, a uno de mayor diversidad y competencia entre los gobiernos.  

Por ejemplo, en materia de tratados comerciales internacionales Trump ha dicho que se negociarán bilateralmente y no con un grupo de países como lo sería la Unión Europea o los que hacen parte del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica. Aparentemente el primer acuerdo sería con el Reino Unido, cuya primer ministro Theresa May será el primer gobernante extranjero que recibirá Trump en Washington. Lo mas probable es que este sea un acuerdo sin los condicionamientos y esquemas de control burocrático que han caracterizado acuerdos anteriores.

Habrá también un importante recorte inicial del gasto federal en áreas consideradas como no prioritarias. Es indudable que todo lo que tiene que ver con la ayuda exterior será puesto bajo la lupa. Y podría ser que, ante la alternativa de menos recursos y ante cuestionamientos existenciales, varias de las muy burocratizadas entidades multilaterales internacionales sean inducidas a reestructurarse y reformular el alcance de sus actividades.   

Aunque muchas plañideras opinan que con Trump habrá una mayor incertidumbre en política exterior, de pronto lo que sucederá será exactamente lo opuesto. Hasta ahora lo que dijo que iba a hacer lo está haciendo. Puede que haya incertidumbre por el cambio en varios aspectos de la política exterior en relación con lo que viene de atrás.

Pero esa incertidumbre cederá eventualmente. Un Estados Unidos mas definido en sus políticas, con mensajes claros sobre su posición frente a los distintos temas, sin un bajo perfil que confunde y que no corresponde a su condición de primera potencia planetaria, y respetando lo que pasa y se decide autónomamente en otros países siempre y cuando no se agredan sus intereses, introduciría un mayor grado de predictibilidad en todo lo que tiene que ver con las relaciones y cooperaciones entre países.